“Yo no soy experto en adolescencia ni en educación. Lo que observo de los hijos de mis amigos y de mis hijos tiene mucho que ver con el nivel de calidad de presencia. De cuando eran más chicos, antes de ser adolescentes, dónde estuvo el papá y la mamá en esa familia”, expresó el especialista.
Bachrach subrayó que, en un mundo que favorece la inmediatez, es crucial que los adolescentes comprendan una verdad fundamental: “Los adolescentes tienen que entender que en la vida uno no tiene todo lo que quiere cuando quiere”. Resaltó que el ámbito familiar debería ser un lugar donde la frustración se pueda expresar y trabajar. “El hecho de poder hablarlo –porque saben que el papá no los va a juzgar–, genera otro debate, genera la posibilidad de trabajar la frustración”, comentó.
Para el biólogo, las emociones no deben clasificarse como negativas o positivas, sino que deben ser vistas como parte de la experiencia humana que incluye momentos incómodos. En este sentido, manifestó que aprender a manejar estas experiencias requiere perseverancia y esfuerzo, características que, según él, son escasas en la vida adulta actual.
“La frustración es algo normal, el tema es poder decirlo y buscar ayuda. También es bueno que vean que todo este mundo de las emociones es un mundo normal, no es un mundo negativo, a veces es un mundo displacentero; y entender que en la vida uno no tiene todo lo que quiere cuando quiere”, enfatizó.
La carrera de Bachrach ha evolucionado de la rigurosa academia en biología molecular hacia un enfoque holístico que incorpora la meditación y la respiración, un cambio impulsado por la cuarentena que le permitió investigar científicamente la conexión entre cuerpo y mente.
“El disparador fue la pandemia, y más que la pandemia, la cuarentena. Ahí empecé a decir: ‘Bueno, mi cuerpo no solo lleva mi cabeza a todos lados, sino que debe tener otras cosas’”, compartió.
Respecto a sus experiencias personales con el dolor crónico, el especialista destacó una distinción esencial que transformó su vida: “Empecé a darme cuenta, con la ayuda de un terapeuta cognitivo-conductual, que, además de que me dolía mucho, sufría mucho”.
Bachrach concluyó que la meditación y los cambios en los patrones respiratorios presentan evidencia científica convincente sobre la mejora del bienestar general. Al ser cuestionado sobre los efectos a largo plazo, afirmó: “Se empieza a modificar la estructura y, a veces, la función de ciertas áreas del cerebro. En especial, la atención, porque meditar es llevar la atención a un solo lugar.”
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