Argentina y Brasil atraviesan su peor crisis diplomática en décadas, desencadenada por declaraciones del presidente argentino, Javier Milei, el pasado sábado en São Paulo. En respuesta, el gobierno brasileño de Luiz Inácio Lula Da Silva llamó a consultas a su embajador en Buenos Aires, Julio Bitelli, y también convocó al embajador argentino, Daniel Raimondi, ante la cancillería brasileña (Itamaraty).
Este incidente marca un precedente en la era democrática de ambos países, remontándose a la década de 1980. La reacción de Brasilia se produce luego de que el presidente Milei calificara a Lula de «ladrón» y «presidiario» durante un acto de proclamación de Flavio Bolsonaro. Además, Milei se refirió al juez del Supremo Tribunal Federal (STF), Alexandre de Moraes, como «basura calva», magistrado que previamente le negó autorización para visitar a Jair Bolsonaro en prisión domiciliaria.
Edinho Silva, presidente del Partido de los Trabajadores (PT), manifestó su repudio: «Es inadmisible que un jefe de Estado extranjero venga a nuestro país y se dirija en términos irrespetuosos a sus poderes constituidos. No sorprende que el actual presidente de Argentina se comporte de esta manera. Al fin y al cabo, no son pocas las situaciones recientes en las que ha demostrado no estar a la altura del cargo que ocupa». Mientras tanto, la Cancillería argentina ha mantenido una postura de no comentarios sobre las medidas tomadas por Brasil.
Los dichos de Milei, quien en una entrevista con Radio Mitre denunció una supuesta financiación de «campaña anti-Argentina» por parte del gobierno de Brasil, México y el Partido Demócrata de Estados Unidos, marcan una escalada en la tensión. Esta crisis se da en un contexto de histórica sociedad política y económica entre Brasil y Argentina, los principales socios del Mercosur.































