La región de Oriente Próximo experimenta una creciente inestabilidad en sus principales rutas de suministro energético global. El Estrecho de Ormuz, arteria por donde circulaba el 20% del comercio energético mundial antes del conflicto, no ha logrado recuperar la normalidad. Esta situación llevó a algunos países a reconfigurar su mapa energético, impulsando proyectos para redirigir el crudo hacia puertos del Mar Rojo, el Canal de Suez y el Golfo de Omán.
Arabia Saudí, el mayor exportador de petróleo de la región, había encontrado en el Mar Rojo una alternativa al Estrecho de Ormuz. Tras la imposición de un bloqueo en Ormuz, Arabia Saudí desvió el 60% de sus exportaciones de petróleo, hasta cuatro millones de barriles diarios, a través de su puerto de Yanbu, en el Mar Rojo. Sin embargo, esta ruta alternativa también se encuentra bajo amenaza.
Los hutíes, una milicia respaldada por Irán, anunciaron un bloqueo marítimo contra las embarcaciones saudíes en represalia por ataques aéreos. Las amenazas se materializaron con ataques a dos petroleros saudíes, según informó la milicia. La empresa de monitoreo marítimo británica UMKTO reportó uno de los ataques. El negociador iraní, Mohammad Bagher Qalibaf, advirtió previamente que, si su seguridad no está garantizada, ninguna infraestructura en la región estará a salvo.
Las advertencias lanzadas por el presidente estadounidense, Donald Trump, responsabilizando a Irán por la escalada, subrayan la gravedad del desafío. El posible bloqueo en el Mar Rojo podría retirar un 4% adicional del petróleo mundial del mercado, impactando principalmente a los mercados asiáticos como China, Japón, India y Corea, que adquieren el 80% del crudo saudí exportado por esta vía. Ya se observa una disminución drástica del tránsito en la zona, con buques que cambian de rumbo hacia el Canal de Suez o se preparan con guardias armados.





























